jueves, 7 de julio de 2016

La isla de los glaciares azules, Christine Kabus


Alemania y Círculo Polar Ártico, 2013. Hanna decide reajustar su vida y volver a ejercer de periodista. Pronto le encargan un cuaderno de viaje sobre el solitario archipiélago que hay más allá del Círculo Polar Ártico. (...) Cuenca del Ruhr, 1907. En lugar de seguir los deseos de sus padres y buscar un marido, Emilie hace un pacto con su hermano menor: se disfrazará de hombre y se hará pasar por él en la expedición al Ártico en la que debía participar. 

No soy yo una persona de juzgar un libro por la portada. En la biblioteca de mi casa abundan las malas portadas, lo que no significa que abunden los malos libros (aunque alguno hay). Es cierto que algunas me llaman más la atención que otras, y si son del tipo que usa Federico Moccia huyo corriendo en la dirección contraria, pero normalmente me dejo engatusar más por el título y la información de la contraportada que por el diseño de la tapa delantera.

Así que con este libro hice caso omiso a mis instintos e ignoré una portada que me resultó ñoña desde el primer segundo. Una isla, glaciares, dos mujeres de dos épocas distintas, un misterio y, sobre todo, una autora que no fuera ni española ni anglosajona, justo lo que estaba buscando (bueno, glaciares no buscaba, pero una historia protagonizada por mujeres sí). ¿Qué podía ir mal? ¡Ay! Todo. Todo ha ido mal.

Vaya por delante que no me gusta la novela histórica. Tampoco tengo especial predilección por esas novelas que parecen libros de texto y que regurgitan toda la información que el autor o autora ha recabado para escribir el libro. Y odio especialmente las novelas en las que los personajes lo saben todo sobre todas las cosas, ya sea poesía alemana, el funcionamiento de un arma o la historia de una ciudad (cualquier ciudad en cualquier lugar del mundo, quiero decir). Si la información que me estás dando no hace avanzar la historia, sobra. Vale que sepas cómo matar osos polares y que uno de tus personajes tenga que cargarse a uno, pero me importa un bledo el crecimiento del musgo ártico, la fundación de ciudades que no sé pronunciar o el apareamiento de los eideres. ¡Si ni siquiera he visto un eider en mi vida!

Pero lo peor de esta novela, para mí, han sido los personajes. Al menos tres de ellos me han sobrado porque no me han interesado lo más mínimo. No creo que hayan tenido función en toda la novela, más que de sombra de un personaje más importante, y la historia habría avanzado con mucha más ligereza si no hubieran estado presentes. Por no hablar de los personajes principales, las dos protagonistas de distintas épocas, que sumaban entre las dos todas las características que odio en los personajes femeninos: planas, ñoñas, Mary Janes (ese personaje que es perfecto, guapa, valiente pero sensible, nunca se equivoca) y, sobre todo, inverosímiles. No me he creído nada de lo que han dicho, hecho o sentido en todo el libro, porque nada de lo que decían, hacían o sentían tenía sentido en ese momento. Por ejemplo: la chica que se ha hecho pasar por su hermano se pasa varios días viviendo en  una cabaña en mitad del hielo ella sola; rescata a un perro moribundo; salva a un hombre de morir a manos de un oso polar pegándole un tiro al bicho (la primera vez que dispara a un ser vivo en movimiento, ¡venga ya!); cose una herida en la que se ve hasta el hueso; y cuando vuelve a ver a su amado tras creer que se ha marchado, ¡se desmaya! Hasta los propios personajes lo mencionan, "¿cómo es posible?". ¿¿En serio?? Si no te lo crees ni tú, ¿cómo me lo voy a creer yo?

En resumen: espero que este sea el peor libro que me leo este verano. A partir de ahora, voy a empezar a juzgar los libros por la portada, o al menos no voy a desestimarla del todo. El problema que me encuentro ahora es: ¿qué hago con el libro? Porque es de esos que no le regalaría a una amiga ni de broma. Si tuviera alguna amiga Mary Jane, quizás.

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