Hacía mucho tiempo que no leía en castellano, desde julio más o menos. Al estar estudiando filología inglesa, una tiene siempre una lista de clásicos ingleses a los que echar mano, o colocados en su lista de "próximas lecturas" a las que te agarras cuando llegan temporadas en las que puedes leer a placer. Luego está mi obsesión por según qué autores contemporáneos anglosajones, cuyos libros tengo que leer sí o sí en cuanto salgan (Zadie Smith o Elizabeth George han sacado libro nuevo este año), y por supuesto los leo en versión original. Y también está mi nueva afición a leer en euskera, que falta me hacía y a lo que ahora le he cogido tal gusto que no doy abasto con los nuevos títulos. Pero yo creo que lo que más me aleja de los libros en castellano es la falta de información sobre las nuevas obras que van saliendo. Me paseo por la librería y no encuentro nada que me llame la atención, nada que se salga de las listas de bestsellers o de los clásicos más clásicos. Me da mucha pereza rebuscar entre la literatura en castellano en busca de un buen fichaje. Me cuesta mucho.
Por eso aprovecho mi viaje anual a la Semana Negra de Gijón para hacer acopio de recomendaciones. Me encanta la novela negra, y creo que la novela negra española es de muy buena calidad (si nos salimos de los bestsellers, porque vaya porquerías he leído "traducidas a veinte idiomas"). Todos los años me acerco a la librería de Negra y Criminal para hablar con los libreros y escuchar sus recomendaciones, y, después de media hora larga charlando con ellos, me voy con media docena de libros que voy devorando despacito a lo largo del año.
Estas vacaciones le ha tocado el turno a La playa de los ahogados, y vaya acierto. Sólo se me ocurren cosas buenas que decir de este libro, tantas que va a parecer que estoy intentando venderlo o que conozco de algo al autor, porque me ha encantado. Empezando por el hecho de que está situado en Galicia, algo inusual porque parece que si no hay ciudad grande de por medio, no hay delito. Domingo Villar nos lleva a pasear por Vigo y Paxón de mano de Leo Caldas, un gallego muy gallego, y su ayudante Rafael Estévez, un maño muy maño y que no termina de entender a los gallegos. Villar se lo pasa pipa con la combinación de la pareja protagonista y aprovecha al máximo las diferencias culturales; Estévez se desespera cada vez que intenta sacar una respuesta directa de un lugareño y solo consigue más preguntas. Esta habilidad para reírse de los gallegos y el humor fino que destilan entre ambos hace muy amena la lectura, aparte de todo lo que tiene que aportar el caso, que es mucho.
El caso. El caso es lo mejor del libro. Un marinero ha aparecido ahogado en la playa, con las manos atadas, lo que hace sospechar de un suicidio si no fuera por cómo está atada la brida que le sujeta las manos. Poco a poco va saliendo el pasado del pescador, y el inspector Caldas se da cuenta de que detrás de una supuesta vida tranquila en un pueblo pequeño se ocultan secretos convertidos en fantasmas que son capaces de matar a una persona. La historia se desarrolla con tranquilidad, sin saltos, poniendo todas las pistas al alcance del lector o lectora pero de manera que es casi imposible descubrir al asesino hasta las últimas páginas. No hay brincos, no hay giros demasiado inesperados, no hay un "Deux es machina" que nos haga fruncir el ceño y pensar "eso es trampa". Todo muy bien hilvanado, todo muy bien presentado. Si acaso un pequeño detalle al final (que no voy a desvelar porque quiero que la leáis) que me hizo pensar que o bien el inspector Caldas era un poco tonto, o Villar cree que los lectores y lectoras lo son. Pero esa soy yo, quizás a los demás no os importe tanto.
En resumen: un pedazo de libro que deja muy buen regusto y que recomiendo a cualquier amante de la novela negra. Yo ya estoy buscando el libro anterior de la serie, porque necesito más aventuras de Caldas y Estevez. Son un poco adictivos, casi tanto como los cigarros que Caldas fuma sin parar y el vino blanco que degusta casi en cada página. Un guilty pleasure como la copa de un pino.
martes, 7 de enero de 2014
sábado, 4 de enero de 2014
Just One Evil Act, Elizabeth George
Vuelvo a este blog después de muchos, muchos meses, como si de una resolución de año nuevo se tratara (y algo de eso hay, para qué engañarnos). No he dejado de leer, sólo he dejado de contar cosas sobre los libros que leo por razones múltiples. Puedo echarle la culpa a la falta de tiempo, a la falta de libros interesantes, a la falta de inspiración... Pero al final del día lo que cuenta son las ganas que una tiene de hacer las cosas, y seamos sinceras: no he tenido muchas ganas de hacer reseñas. A ver si el 2014 me trae algo más de potencia y puedo poner esto al día.
Empiezo el año con mi querida Elizabeth George y su nuevo libro de misterio Just One Evil Act. En éste se continúa la historia que apenas se menciona en el libro anterior, cuando Barbara Havers vuelve a casa y se encuentra con que su vecina Haddiyah, una niña de nueve años, ha sido "secuestrada" por su madre para desesperación de su padre, el hombre que la ha criado durante el tiempo que su mujer se marchó y dejó a su familia por otro hombre. Taymullah Azhar no tiene derechos sobre la pequeña porque su nombre no está en la partida de nacimiento como castigo por no haberse querido divorciar de su primera mujer para casarse con Angelina, su nueva pareja, y ni Havers ni el inspector Linley podrán hacer nada por encontrar a su hija. Pero Barbara no se da por vencida, porque entonces no sería Barbara, y acompaña a Azhar a un detective privado para que consiga encontrar a su hija en cualquier lugar del mundo. Lo que Barbara no sabe es que no todos los detectives son de fiar, y un padre desesperado puede llegar a hacer cosas desesperadas.
No quiero destripar demasiado el argumento de la novela, porque, como en todas las novelas de misterio, lo mejor es ir descubriendo paso a paso lo que ocurre en la historia. Solo diré que Haddiyah es localizada, pero no en el Reino Unido sino en Italia, y su presencia allí se hace sabida cuando la madre acusa a Azhar del secuestro de su pequeña (otra vez, sí, pero esta vez se la han quitado a la madre). A partir de ahí, una larga lista de sucesos llenan las setecientas páginas del libro, con viajes desesperados a Italia de un padre acongojado, una Barbara medio enloquecida que cabrea a todos sus superiores y no escucha razones y un Linley resignado a quien no le queda otra que acudir a Italia a poner en marcha sus dotes lingüísticas (¿conocéis a algún lord inglés que hable italiano? Yo tampoco, pero en el mundo de Elizabeth George debe ser muy normal). Todo muy en la línea de George, con la diferencia de que la mitad del libro está situado en Lucca, Italia.
El libro, como todos los de esta autora, es más que aceptable en su función de libro de descanso y encefalograma plano, y lo recomiendo a todos aquellos a quien les apetezca desconectar de la vida real con un libro de misterio. Yo lo empecé emocionada porque la protagonista iba a ser Barbara Havers, mi personaje favorito de la serie por irreverente y descarada, pero pronto me encontré a mí misma gritándole al libro cada vez que aparecía en sus páginas. ¿Os imagináis a una agente de Scotland Yard dejando su trabajo para ir a investigar una desaparición por su cuenta? ¿Qué pasaría en la vida real si una persona dejara su trabajo sin consultar a sus jefes y se fuera a Italia a trabajar en un caso, mintiendo y diciendo que va en nombre de Scotland Yard? Estaba acostumbrada a que Thomas Linley le sacara las castañas del fuego y diera la cara por ella, pero precisamente Linley es el último en enterarse de lo que Havers trama (veintipico libros tiene la serie y Havers no ha aprendido todavía que la única persona en el mundo de quien se puede fiar es Linley), y el resto de cabezas pensantes terminan [spoiler ahead] perdonando las irreverencias y las salidas de tono de una Havers que ha perdido la cabeza y el control de sus actos. La mujer llega al punto de contactar a un periodista de prensa amarillista para que saque la noticia del secuestro de Haddiyah y esto, a la larga, se le escapa de las manos y termina como una espada de Damocles sobre su cabeza. Pero al final todo le sale bien. Porque es Barbara Havers y, seamos sinceros, es la favorita de George tanto como lo es mía.
Como digo, buena lectura vacacional, buena manera de desconectar y volver al mundo de las reseñas. Pero el libro tiene un gazapo muy gordo y no he podido disfrutar de él todo lo que me hubiera gustado por fijarme en él todo el rato: a George no le han debido informar de que los ciudadanos europeos no necesitan pasaporte para viajar por Europa. No sé en cuántos momentos se menciona la retirada del pasaporte para impedir viajar a un sospechoso. Este fallo, viniendo como viene de una escritora superventas, me parece garrafal. Con todo lo que me gusta, colleja para usted, señora George.
Empiezo el año con mi querida Elizabeth George y su nuevo libro de misterio Just One Evil Act. En éste se continúa la historia que apenas se menciona en el libro anterior, cuando Barbara Havers vuelve a casa y se encuentra con que su vecina Haddiyah, una niña de nueve años, ha sido "secuestrada" por su madre para desesperación de su padre, el hombre que la ha criado durante el tiempo que su mujer se marchó y dejó a su familia por otro hombre. Taymullah Azhar no tiene derechos sobre la pequeña porque su nombre no está en la partida de nacimiento como castigo por no haberse querido divorciar de su primera mujer para casarse con Angelina, su nueva pareja, y ni Havers ni el inspector Linley podrán hacer nada por encontrar a su hija. Pero Barbara no se da por vencida, porque entonces no sería Barbara, y acompaña a Azhar a un detective privado para que consiga encontrar a su hija en cualquier lugar del mundo. Lo que Barbara no sabe es que no todos los detectives son de fiar, y un padre desesperado puede llegar a hacer cosas desesperadas.
No quiero destripar demasiado el argumento de la novela, porque, como en todas las novelas de misterio, lo mejor es ir descubriendo paso a paso lo que ocurre en la historia. Solo diré que Haddiyah es localizada, pero no en el Reino Unido sino en Italia, y su presencia allí se hace sabida cuando la madre acusa a Azhar del secuestro de su pequeña (otra vez, sí, pero esta vez se la han quitado a la madre). A partir de ahí, una larga lista de sucesos llenan las setecientas páginas del libro, con viajes desesperados a Italia de un padre acongojado, una Barbara medio enloquecida que cabrea a todos sus superiores y no escucha razones y un Linley resignado a quien no le queda otra que acudir a Italia a poner en marcha sus dotes lingüísticas (¿conocéis a algún lord inglés que hable italiano? Yo tampoco, pero en el mundo de Elizabeth George debe ser muy normal). Todo muy en la línea de George, con la diferencia de que la mitad del libro está situado en Lucca, Italia.
El libro, como todos los de esta autora, es más que aceptable en su función de libro de descanso y encefalograma plano, y lo recomiendo a todos aquellos a quien les apetezca desconectar de la vida real con un libro de misterio. Yo lo empecé emocionada porque la protagonista iba a ser Barbara Havers, mi personaje favorito de la serie por irreverente y descarada, pero pronto me encontré a mí misma gritándole al libro cada vez que aparecía en sus páginas. ¿Os imagináis a una agente de Scotland Yard dejando su trabajo para ir a investigar una desaparición por su cuenta? ¿Qué pasaría en la vida real si una persona dejara su trabajo sin consultar a sus jefes y se fuera a Italia a trabajar en un caso, mintiendo y diciendo que va en nombre de Scotland Yard? Estaba acostumbrada a que Thomas Linley le sacara las castañas del fuego y diera la cara por ella, pero precisamente Linley es el último en enterarse de lo que Havers trama (veintipico libros tiene la serie y Havers no ha aprendido todavía que la única persona en el mundo de quien se puede fiar es Linley), y el resto de cabezas pensantes terminan [spoiler ahead] perdonando las irreverencias y las salidas de tono de una Havers que ha perdido la cabeza y el control de sus actos. La mujer llega al punto de contactar a un periodista de prensa amarillista para que saque la noticia del secuestro de Haddiyah y esto, a la larga, se le escapa de las manos y termina como una espada de Damocles sobre su cabeza. Pero al final todo le sale bien. Porque es Barbara Havers y, seamos sinceros, es la favorita de George tanto como lo es mía.
Como digo, buena lectura vacacional, buena manera de desconectar y volver al mundo de las reseñas. Pero el libro tiene un gazapo muy gordo y no he podido disfrutar de él todo lo que me hubiera gustado por fijarme en él todo el rato: a George no le han debido informar de que los ciudadanos europeos no necesitan pasaporte para viajar por Europa. No sé en cuántos momentos se menciona la retirada del pasaporte para impedir viajar a un sospechoso. Este fallo, viniendo como viene de una escritora superventas, me parece garrafal. Con todo lo que me gusta, colleja para usted, señora George.
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miércoles, 29 de agosto de 2012
Beloved, Toni Morrison
La primera vez que leí este libro fue el año pasado y en euskera, gracias a un club de lectura. Ya entonces me pareció una joya, a pesar de que no estaba acostumbrada a leer en euskera y que hubo párrafos que tuve que releer (aunque me he dado cuenta ahora de que no era por el idioma, sino por el libro en sí mismo), pero me quedé con la sensación de que, precioso como era y con una traducción brillante, en inglés tenía que ser la leche. Me prometí leerlo en cuanto tuviera un hueco. El problema, sin embargo, no era hueco: lo que necesitaba eran ganas.
Beloved no es un libro fácil de leer, no porque tenga un léxico complicado, por su compleja sintaxis o por su maremagno de puntos de vista y la forma en la que utiliza los cambios temporales (que también, pero ya somos mayorcitas/os y sabemos leer este tipo de libros), sino porque el tema que trata es tan brutal y lo hace desde un punto de vista tan cercano que a una se le encoge el corazón en más de un momento y tiene que dejar el libro aparcado para poder "desacongojarse", si se me permite la expresión. Solo llorar no sirve con esta historia, quizás porque pocos personajes en el libro lloran. Todos tienen un estoicismo que te hace sentir pequeña a su lado y comprender que llorar, en situaciones como las que describe el libro, no vale para nada.
Me es muy difícil resumir esta obra, sobre todo porque tiene tal entramado de historias contadas desde distintos puntos de vista y distintos momentos que se hace complicado encontrar un lugar donde empezar. La historia está centrada en el número 124 de una calle en las afueras de la Cincinnati en la época posterior a la guerra civil estadounidense. Es una casa encantada donde Sethe y su hija Denver viven sin ayuda de nadie, tratando de luchar contra el fantasma de un bebé que murió violentamente dieciocho años antes y que aparecerá de nuevo en la figura de una extraña mujer que dice llamarse Beloved. Baby Suggs, abuela de Denver y suegra de Sethe, lleva varios años muerta y pasó muchos más antes postrada en una cama, cansada de vivir y luchar contra todo. Solo quiere color a su alrededor, solo pide azul, o naranja, o amarillo. Pero nunca rojo. Ha tenido bastante rojo en su vida.
Paul D., el último de los hombres de Sweet Home, llega buscando a Baby Suggs, aunque a quien realidad quiere encontrar es a Sethe. Los tres eran esclavos en la misma plantación, junto con Halle, el hijo de Baby Suggs y marido de Sethe, Paul A, Paul F y Sixo. El señor Garner, dueño de la plantación, y su mujer ponían buen cuidado en tratar a sus esclavos como personas, educarlos y escuchar su opinión. Jamás ninguno de ellos recibió un golpe. Jamás sufrieron vejaciones o se les trató como animales. Hasta que el señor Garner murió y su cuñado tomó el control de las tierras. Y entonces todo cambió. Sabremos lo que les pasó a los cinco hombres de Sweet Home, lo que le pasó a Sethe... y la terrible acción que convirtió su casa en una casa encantada.
Así escrito, la novela parece una historia de aventuras sin más, pero la forma de contar de Morrison, con tanta vuelta en el tiempo que necesita una lectura concentrada, hace que una no tenga todas las piezas hasta el último tercio del libro. Beloved es el nombre que Sethe consiguió grabar en la tumba de su hija muerta a cambio de abrirse de piernas para el encargado de la funeraria, y esa imagen de una mujer negra inclinada sobre una lápida para conseguir grabar esa palabra es tan gráfica y está tan bien contada que es de esas que una no olvida por más libros que lea:
Ten minutes for seven letters. With another ten could she have gotten "Dearly" too? She had not thought to ask him and it bothered her still that it might have been possible --that for twenty minutes, a half hour, say, she could have had the whole thing, every word she heard the preacher say at the funeral (and all there was to say, surely) engraved on her baby's headstone: Dearly Beloved. But what she got, settled for, was the one word that mattered. She thought it would be enough, rutting among the headstones with the engraver, his young son looking on, the anger in his face so old, the appetite in it quite new. That should certainly be enough. Enough to answer one more preacher, one more abolitionist and a town full of disgust.
No es la única. A lo largo del libro hay innumerables párrafos que cualquier escritor/a daría media vida por escribir. Morrison, aún vivita y coleando, no vivió en la época de la esclavitud, pero consigue darle un aire tan realista a la historia que una se pregunta qué experiencias debió tener para escribir algo así. Baby Suggs es la que mejor expone lo que parecen ser las opiniones de la propia Morrison que he encontrado por Internet:
"There is no bad luck in the world but whitefolks".
No existe la mala suerte, existen los blancos. Ni siquiera el "bueno" de Garner se libra de su juicio, ningún blanco se salva de ser juzgado por Suggs. Los blancos son buenos hasta que dejan de serlo. Punto.
"Tell them, Jenny. You live any better on any place before mine?"
"No, sir", she said. "No place."
"How long was you at Sweet Home?"
"Ten year, I believe."
"Ever go hungry?"
"No, sir."
"Cold?"
"No, sir."
"Anybody lay a hand on you?"
"No, sir."
"Did I let Halle buy you or not?"
"Yes, sir, you did", she said, thinking, But you got my boy and I'm all broke down. You be renting him out to pay for me way after I'm gone to Glory.
Las diatribas contra los blancos, a ratos, se convierten en poesía en boca de una mujer que no sabe leer ni escribir ni su propio nombre:
"Here", she said, "in this here place, we flesh; flesh that weeps, laughs; flesh that dances on bare feet in grass. Love it. Love it hard. Yonder they do not truly love your flesh. They despise it. They don't love your eyes; they'd just as soon pick them out. No more do they love the skin on your back. Yonder they flay it. And O my people they do not love your hands. Those they only use, tie, bind, chop off and leave empty. Love your hands! Love them. Raise them up and kiss them. Touch others with them, pat them together, stroke them on your face 'cause they don't love that either. You got to love it, you! And no, they ain't in love with your mouth. Yonder, out there, they will see it broken and break it again. What you say out of it they will not heed. What you scream from it they do not hear. What you put into it to nourish your body they will snatch away and give you leavins instead. No, they don't love your mouth. You got to love it.
Podría pasarme horas incluyendo mis partes favoritas, pero lo mejor es que lo leáis y os aterroricéis con detalles que, estoy convencida, Morrison sacó de hechos reales. La segunda lectura no ha hecho la experiencia más sencilla; de hecho, saber lo que iba a pasar y concentrarme en la forma de contarlo en lugar de en los hechos le ha dado más crudeza aún de la que me pareció que tenía. Tened la caja de kleanex cerca. Yo solo aviso.
jueves, 17 de mayo de 2012
Believing the Lie, Elizabeth George
No sé qué tiene esta mujer que hace que todo mi ser tiemble cada vez que tengo uno de sus libros en las manos (en este último caso puede ser que el temblor se debiera al peso del libro, de tapa dura y casi seiscientas páginas, pero obviemos este detalle). Es saber que saca libro nuevo y correr como alma que lleva el diablo
George, para los y las que no la conozcáis, es una escritora de misterio de las que a mí me gusta llamar "de alto copete", un paso por encima de los típicos whodunits y más cerca de la literatura no encasillada en géneros. Cuando leo una novela suya, lo que menos me importa (la mayoría de las veces) es quién es el asesino; la magia de esta escritora está en cómo maneja a los personajes, y cómo, en diecisiete libros que tiene la serie del Inspector Linley, ha sabido mantener a un elenco fijo de protagonistas que ha fidelizado a los y las lectoras. Bien es verdad que, como todo el mundo, George también ha tenido sus bajones (Careless in Red fue horrible, horroroso), pero teniendo en cuenta que lleva desde el ochenta y ocho en esto, yo diría que es normal y hasta humano. Este libro en particular me ha parecido de los más curiosos y originales, porque, si normalmente los personajes de George llevan el peso temático de la obra, en esta novela lo ha llevado a los extremos. Lo que aquí a la menda le encanta, para qué engañarnos.
Bernard Fairclough, caballero y empresario británico que ha llegado a su fortuna a través de su matrimonio, pide ayuda a sus conexiones en Scotland Yard para aclarar la muerte de su sobrino, declarada un accidente pero que a él le parece sospechosa. Sin más pistas que la inquietud de un hombre que esconde más de lo que enseña y con las manos atadas porque está en misión extraoficial, el inspector Thomas Linley tratará de averiguar quién tenía motivos para acabar con Ian Creswell en la familia Fairclough, solo para descubrir que todo el que le rodeaba podría haber querido verle muerto. La familia entera guarda secretos, y estos se cobrarán más de una vida aparte de la de Ian Creswell.
La historia de los Fairclough es una de intrigas y secretos que me ha mantenido en vilo más de una tarde y más de dos, pero lo que me quitó horas de sueño, como siempre, fueron las escenas dedicadas al propio inspector Linley y a su leal Barbara Havers. El primero, tras perder a su mujer en una muerte tan trágica como casual, se está planteando la nueva relación ¿sentimental? en la que se ha embarcado con su inmediata superiora, una recién llegada que ha pisado más juanetes de los que debería. El viaje a Cumbria, donde se desarrolla la acción, le sirve de excusa para pensar en Isabelle Ardery y en si ambos tienen futuro o no como pareja. Mientras, en Londres, Havers trata de pasar desapercibida ante los ojos de Ardery y ayudar a Linley de tapadillo, al tiempo que sigue los "consejos" de su superiora sobre cómo cuidar su apariencia física y dar mejor imagen a Scotland Yard. Mi adorada Havers es, como siempre, el alivio cómico de la novela hasta la última escena del libro y, como en anteriores ocasiones, es su situación personal la que termina la historia; solo que en esta ocasión quise gritar, patalear y pegar a alguien (pero no a Havers, a Havers nunca) por lo injustos que son siempre estos finales con mi personaje favorito, porque otra vez se la deja al borde del abismo y no es justo, jopé, que ella no ha hecho nada malo y tiene un corazón de oro y se merece que le pasen cosas buenas ya de una bendita vez, leches. Sí, ya sé que es ficción, pero coño, es que siempre le toca a ella.
Believing the Lie ha sido uno de esos libros que te da pena terminar de leer, por más que estés deseando llegar al final porque quieres, necesitas, saber qué va a pasar con cada uno de los personajes. Curiosamente, el ochenta por ciento de los personajes en esta historia no tiene un final feliz, y el resto se queda abierto a especulaciones (porque, claro, hay que comprar el libro siguiente). Me da la impresión de que George ha recuperado con esta novela su toque mágico a la hora de manejar a los personajes, algo que parecía haber perdido con Careless in Red y que había empezado a recuperar con This Body of Death. Si a ello se le suma la delicia de pasear con ella por lugares reales y muy bien descritos, esta novela ha resultado ser justo lo que necesitaba para apartar mi mente del estudio. Ahora ya no tengo excusa para ponerme a ello. Aunque, la verdad, el último de Jeffrey Eugenides tiene una pinta...
martes, 23 de agosto de 2011
Las niñas perdidas, Cristina Fallarás
Como imaginaba, ha sido ponerme a leer esta novela y olvidarme del tiempo, del espacio y del verano soleado que por fin llega a estos lares, para centrarme solo en la historia llena de crudeza, violencia y terribles imágenes que no van a desaparecer de mi mente así como así. Cristina Fallarás sigue fiel a su estilo de historias vivas y descarnadas que no dejan indiferente a nadie y que es imposible comparar con nada ni con nadie. Una de esas historias que te atrapan, que te hipnotizan, que tienes que seguir leyendo por más que sientas arcadas y quieras dejar en libro o saltarte párrafos enteros. Me pasó con Así murió el poeta Guadalupe y me ha vuelto a pasar con Las niñas perdidas. Pero con esta novela ha sido peor. Aquí las víctimas son niñas pequeñas.
Uñas y dientes. A la niña encontrada le habían arrancado las veinte uñas y todos los dientes y muelas, en total diecinueve piezas. Limpiamente, como en un trámite. No le habían roto los dedos, no había rastro de quemaduras en manos y pies, no habían fracturado tobillos ni muñecas. En fin, no se habían cebado en las extracciones.
La protagonista de la novela es Victoria González, una detective embarazada que dejó el periodismo y se decidió por esta carrera no se sabe muy bien por qué. Un día recibe un anónimo con una suculenta cantidad de dinero que le anima a investigar qué ha pasado con dos hermanas, desaparecidas, una de ellas encontrada muerta y terriblemente torturada. Dicho así, esta parece la típica historia en la que la protagonista solo puede ser mujer, y encima embarazada, para dar ese toque sentimentaloide al que las escritoras del norte de Europa nos tienen acostumbradas. Pero que nadie se lleve a engaño: es una historia con una cantidad de violencia como no he leído en mucho tiempo, donde las principales víctimas son las mujeres, las niñas y los animales. Animales, sí, que la propia Victoria González se encarga de matar como manera de descargar su rabia. Esto, claro está, a la vez que siente arranques de ternura hacia la criatura que va a tener, mientras se acaricia la tripa y se dice que ella va a ser una buena madre. O no. Pero que lo va a intentar.
Recompuso, por fortuna, su gesto germánico de paleto resabiado y ella se dio cuenta de que había mentido. Sí le hablaba, y no solo mentalmente, a la criatura. Le contaba cosas en voz baja. Desde que supo que era una niña, había entablado con ella un diálogo constante, inconsciente, por el que intentaba ir adelantándole cuál era su mundo, su universo de madre soltera, descreída y metida a detective tras fracasar en tantas otras cosas. El descubrimiento la incomodó. No se había parado a pensar en ello y habría jurado que ella no hacía esas cosas, pero una niña… Una niña se le antojaba lo más indefenso, un ser como ella, o como su madre, un ser humano que nacía desamparado y que así iba a seguir.
Recuerdo cuando conocí a Cristina Fallarás en Gijón, hace ya dos años, y la oí en la presentación de “Así murió el poeta Guadalupe”. La recuerdo hablando de su carrera como periodista, y las dificultades que había tenido, y luego un “yo no soy feminista, pero…” que me hizo mucha gracia. No, ninguna somos feministas, hasta que nos toca pelear lo nuestro. Entonces somos mujeres. Y el mundo, como bien dicen en esta novela, se ceba especialmente con nosotras, qué le vamos a hacer.
Hay tres violencias diferentes, pienso.
Lo digo en voz alta: por mi madre, por mí, por mis hijas. Violencias de tres generaciones sucesivas.
La primera violencia es delicada, líquida, elegante, propia de un mundo de formas y piel de melocotón que ya hemos perdido definitivamente. Violencia muelle. Pequeña molicie criminal. Va por mi madre.
La segunda violencia es química. No viene de afuera, se resuelve desde dentro, pero se obtiene. Violencia adquirida por el desarraigo, la segunda viene del íntimo dolor y del pasmo. Va por mí.
La tercera es la violencia de un mundo navaja, afilado, puntiagudo. Nace de la pérdida total, no conoce las formas ni guarda información genética al respecto. Viene de fuera con crueldad. Es una violencia ejercida por el otro con toda su bestia actuando. Va por mis hijas, mis dos niñas que flotan en esa voluta de mi imaginación.
Esta es una de esas novelas en las que es muy difícil ponerse de parte de cualquiera de los personajes, y de repente llegas a un punto en el que te das cuenta de que no te cae bien ninguno, lo más que puedes sentir es lástima. Pero entonces empiezas a sentir algo de cariño hacia algunos personajes, como Jesús, el ayudante de Victoria, o Genaro, yonqui a quien se le ha encargado matar al asesino de las pequeñas, o incluso la misma Victoria, a quien al final terminas perdonándole hasta lo de matar bichos porque ves que tiene un corazón de oro con las personas, que son al final las que importan. Fallarás tiene ese don de poder expresar en un párrafo lo suficiente para darte una descripción completa del personaje, sin argucias ni trucos de magia. Dice más en unas líneas que mucha gente en toda una vida.
Una arcada la obligó a callar y levantarse de la silla por precaución. ¡Andrea! Era la primera vez que nombraba a la niña y se le aflojaron las piernas. De repente, el encargo era una niña, una niña con el pelo largo que se llamaba Andrea y que era más rubia que su hermana, con el pelo menos rizado, y a juzgar por el gesto de la foto, más responsable o menos risueña. (…) ¿Dónde había metido todo aquello hasta entonces? ¿Qué había pasado hasta ese momento? Los números. Hasta ese momento había conseguido que su encargo fueran dos números, la muertita primera y la muertita segunda, dos números y su cinismo a prueba de bombas, las muertas uno y dos, o muchas veces nada, que no fueran nada.
(…)
–Vicky, Victoria … –Si había fantaseado alguna vez con consolar a su amiga, hacía tanto tiempo, tantísimos años, que aquello le pilló desprevenido. Jamás había tenido que apoyarla, nunca lo habría permitido ella, y lo único que se le ocurrió entonces fue apretarle los brazos con sus manos como alas de salvación–. Vicky, Victoria… –Pero no era una llamada, solo la nombraba por si podía ayudar a rescatarla de aquella sima donde había caído–. Jefa, joder…
Todos los personajes están atrapados en una Barcelona que me niego a creer que exista, porque no puede haber un mundo tan negro, tan oscuro, tan dejado de la mano de dios como el que Fallarás pinta en sus páginas. Es un paisaje que no augura nada bueno y, a riesgo de cargarme el final, eso es exactamente lo que una encuentra en las últimas páginas: nada bueno. Pero no por ello puedes dejar de leer hasta el punto final.
Cristina Fallarás es para mí un ejemplo de que se puede escribir bien en cualquier género, y ella borda el de novela negra. Ya sé que algunos lo descalifican como moda pasajera, pero con escritoras como ésta el futuro está asegurado. Las niñas perdidas es Premio L’H Confidencial 2011, y aún así la he oído anunciar poco, no sé si por española, por mujer, o por novela negra. Podría ser perfectamente un libro de culto, de esos que te relees una y otra vez a ver si por fin descubres ese eslabón que se te escapó y que te da la clave del resto del libro. Aunque ello signifique que tienes que volver a ver las imágenes de las niñas sin uñas y sin dientes de nuevo.
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jueves, 18 de agosto de 2011
Lolita, Vladimir Nabokov
Sigo con el verano gafapasta (y preparaos, porque el próximo es La Letra Escarlata, que leí hace mucho tiempo en castellano y ya no recuerdo, así que toca recuperarla en inglés). Esta vez le ha tocado el turno a uno de esos libros que siempre te propones leer, pero nunca encuentras el momento. Ha llegado. He leído Lolita.
A la hora de hablar de este libro, siento la necesidad de dividirme en dos. Por un lado está mi yo literario, la que disfruta con las palabras y trata de apreciar el valor de una obra olvidándose de moralinas y juicios previos. Por otro, está mi yo mujer, mi yo profesora, la niña de doce años que una vez fui y en quien pienso cuando leo las descripciones de Dolores Haze, o Lo, o Lola, o Lolita.
Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, cuando estaba derecha, con su metro cuarenta y ocho de estatura, sobre un pie enfundado en un calcetín. Era Lola cuando llevaba puestos los pantalones. Era Dolly en la escuela. Pero en mis brazos fue siempre Lolita.
Solo con este principio, os podéis imaginar que mi yo literario se deshizo de gusto y decidió que mi otro yo, el que juzga, el que lucha desesperadamente por recordar que es una obra de ficción (aunque a veces se le hace difícil), se iba a tener que joder porque iba a disfrutar como una enana de esta novela. Y vaya si lo he hecho.
Lolita es, básicamente, la confesión de un hombre desde la cárcel, detenido por un delito que no se descubrirá hasta el final, en el que relata su mayor pecado: es un pedófilo que lleva toda la vida luchando por controlar unos instintos que él sabe inmorales. Lo consigue, más o menos, hasta que conoce a la niña Lolita, de doce años, que le hipnotiza con sus aires de nínfula.
“(…) Hay muchachas, entre los nueve y catorce años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana, sino la de las ninfas (es decir, demoníaca), a ciertos fascinados peregrinos, los cuales, muy a menudo, son mucho mayores que ellas (hasta el punto de doblar, triplicar, o incluso cuadruplicar su edad). Propongo designar a estas criaturas escogidas con el nombre de nínfulas.
Humbert Humbert, el protagonista –nombre falso, quiere proteger a su amada en esta confesión antes de su juicio– llega incluso a casarse con la madre de Lolita, que morirá en un accidente, dejando a la niña a su cargo. La relación sexual no tardará en empezar y la pareja de padrastro e hijastra vivirán dos años en los que todos los deseos sexuales de él se verán cubiertos, con mayor o menor aceptación por parte de una niña que sabe más de sexo de lo que cualquier niña “normal” debería saber. Humbert Humbert trata de mostrarse ante nosotros como un ser inofensivo, merecedor de lástima, pero Nabokov no disimula en ningún momento su naturaleza pedófila, y es imposible, para una mente sana del siglo XXI, simpatizar con él (aunque me imagino a mucho pederasta suelto citando párrafos enteros de la novela).
Señoras y señores del jurado, la mayoría de los delincuentes sexuales que anhelan un contacto palpitante y que les haga emitir suaves gemidos, físico, pero no forzosamente copulativo, con una jovencita son seres raros, inocuos, inadaptados, pasivos, tímidos, que sólo piden a la comunidad que les permita dedicarse a sus prácticas, casi inofensivas, por más que las llamen aberrantes, a su ínfimas, cálidas, húmedas prácticas de privada desviación sexual, sin que la policía y la sociedad caigan sobre ellos. ¡No somos demonios sexuales! ¡No violamos como los buenos soldados! Somos caballeros tristes, suaves, de mirada perruna, lo suficientemente bien integrados para controlar nuestros impulsos en presencia de adultos, pero dispuestos a dar años y años de vida por una sola oportunidad de tocar a una nínfula. Hay que subrayarlo: no somos asesinos. Los poetas nunca matan.
Empecé a leer esta novela sabiendo dónde me metía. Miento: lo cierto es que pensaba que iba a ser mucho más gráfica, mucho más cruda. Aquel que defina Lolita como una obra pornográfica, no se la ha leído. En todo el libro hay una escena gráfica –muy gráfica– de un lance entre Humbert y Lolita, pero el resto de alusiones sexuales se limitan a eso, alusiones. Si unimos a esto el lenguaje usado en la novela, que te envuelve y te atrapa desde la primera palabra, una llega a olvidar que lo que está leyendo es la descripción de uno de los actos más asquerosos que un hombre civilizado puede cometer en una sociedad moderna. Es sobre todo difícil leer cómo el protagonista trata de justificar su atracción, o incluso le echa la culpa a la niña de su perversión, mientras sigue observando desde su ventana a las niñas que juegan con su “hija” y deleitándose en sus cuerpos de nínfulas.
La edición de la novela que yo tengo incluye un epílogo del propio Nabokov sobre Lolita, y creo que es lo que más me ha gustado de todo el libro. Solo leyendo el párrafo que sigue a continuación, una se de cuenta de que esta novela está tan alejada de lo que se considera pornografía como cualquier otro libro en el que podamos pensar.
La obscenidad debe ir acompañada de la trivialidad, porque cualquier índole de placer estético ha de reemplazarse por entero por la simple estimulación sexual que exige el término tradicional, a fin de ejercer una acción directa sobre el paciente. El pornógrafo tiene que seguir esas viejas normas rígidas para que su paciente sienta la misma seguridad de satisfacción que, por ejemplo, los aficionados a los relatos policíacos (…). Así, en las novelas pornográficas, la acción debe limitarse a la copulación de clichés. Estilo, estructura, imágenes, nunca han de distraer al lector de su tibia lujuria.
Leer de su puño y letra sus partes favoritas, saber qué le impulsó a escribirla y los problemas que tuvo para publicarla (no por demasiado obvia, sino por demasiado escasa) lo han convertido en uno de mis autores favoritos; en especial me encanta el comentario que hace sobre el uso del inglés en la novela (yo, ingorante de mí, pensaba que el original estaba en ruso).
Mi tragedia privada, que no puede ni debe, en verdad, interesar a nadie, es que tuve que abandonar mi idioma natural, mi libre, rica, infinitamente dócil lengua rusa, por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos aparatos –el espejo falaz, el telón de terciopelo negro, las asociaciones y tradiciones implícitas– que el ilusionista nativo, mientras agita los faldones de su frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia que ha recibido.
Tras leer el epílogo, he de reconocer que mi dos yoes se han encontrado y han llegado a la única conclusión posible: en ficción, todo vale y no hay moralidades que valgan. Lo que hoy nos escandaliza puede ser la normalidad del futuro, y viceversa. Y cuando un libro está tan bien escrito como éste, me da exactamente igual que hable de pedofilia, asesinatos o brujos adolescentes. A la hoguera solo deberían ir los libros mal escritos (y se me ocurren unos cuantos con vampiros que brillan cuando les da el sol). Éste, no.
miércoles, 10 de agosto de 2011
La Regenta, Leopoldo Alas, "Clarín"
En los meses de julio y agosto, lo normal en mí es leer libros que yo llamo de “encefalograma plano”, esos en los que puedes tener un diez por ciento de la mente en la historia y un noventa en observar a los mozos que se pasean por la piscina o te hacen ojitos en la terraza. Este verano, ya sea por la mierda de tiempo que ha hecho o porque el estrés del curso no me ha dejado leer libros “con fundamento”, estoy un poco “gafapástica” (permítaseme el palabro) y me está dando por leer libros que normalmente reservo para el resto del año, cuando la cabeza está más activa. El último ha sido “La Regenta”.
Alguno habrá pensando que debo ser hija de alguna reforma educativa malsana para no haber leído esta novela hasta ahora. Nada más lejos de la realidad: la leí cuatro veces a mis tiernos quince años, una por obligación y las otras tres por gusto. Y ahora, veinte años más tarde, no me puedo creer que este libro fuera de lectura obligatoria en tercero de BUP y que yo lo entendiera en aquella época. Por supuesto, no le saqué la miga que le he sacado ahora.
Permitid que haga un breve resumen para los de la LOE:
“La Regenta” es la historia de Ana Ozores, una mujer de finales del siglo diecinueve que está casada, como muchas de su clase y condición, con un hombre mayor del que nunca ha estado enamorada y al que simplemente tiene cariño. Tiene fama de virtuosa, de santa, y por eso Álvaro Mesía, el don Juan del pueblo, el galán que se ha tirado todo lo que lleva faldas, se encapricha en conquistarla. Pero le sale un rival que no esperaba, y no es su marido Víctor: el Magistral, Fermín De Pas, el cura más poderoso del pueblo, el que tiene en su puño al obispo y que ha decidido hacer de Ana Ozores la joya de su corona, su beata más preciada, de la que termina enamorándose perdidamente. Durante toda la novela, Ana se debate entre su amor a Dios y los deseos de la carne, a los que ella jura que nunca cederá, y se agarra al Magistral, su “hermano mayor del alma”, para que la ayude en su lucha. Cuando descubre el amor más que terrenal del cura, el asco de ser el objeto de deseo de un miembro de la iglesia la empuja hacia Álvaro Mesía, que termina siendo su amante para gozo de todas las mujeres que envidiaban a la Regenta y fingían ser amigas suyas mientras confabulaban contra ella.
Contado así (un resumen parco, muy parco, y muy basto), esta novela no parece más que un folletín decimonónico, pero al leer las palabras que escribió Clarín, las descripciones de los personajes, de la lluvia de Vetusta incluso, una se da cuenta de que está ante una obra de arte que no admite adjetivos.
Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venían del Oeste, tropezaban con las crestas de Corfín, se desgarraban y deshechas en agua caían sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como latigazos furibundos, como castigo bíblico; otras cachazudas, tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban, y venían otras, y después otras que parecían las de antes, que habían dado la vuelta al mundo para desgarrarse en Corfín otra vez.
No solo son sus palabras y su forma de contar, sino la manera de hacernos ver dentro de los personajes, de mostrarnos, al mismo tiempo, cómo son realmente y cómo les ve el resto, que rara vez encaja. Mesía aparece ante Ana como un galán, un príncipe, un hombre enamorado, pero los lectores y lectoras saben que lo único que Ana representa para él es una conquista, la más bella de su colección y la que más honra le dará, pero una más sin duda.
‘Creo en mí y no creo en ellas’. Esta era su divisa.
Para lo que servía aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta la virtud de la Regenta era, bien lo conocía él, para aguijonearle el deseo, para hacerle empeñarse más y más, para que fuese poco menos que verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito.
‘Él era, ante todo, un hombre político; un hombre político que aprovecha el amor y otras pasiones para el medro personal’. Este era su dogma hacía más de seis años. Antes conquistaba por conquistar. Ahora con su cuenta y razón; por algo y para algo.
El Magistral, que aparece ante Ana todo bondad y piedad, es en realidad el ser más despreciable de toda la novela, un hombre perverso, malo de veras, egoísta que solo piensa en su propio beneficio.
Don Fermín contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, pero acabaría de devorar él solo. ¡Qué! ¿También aquel mezquino imperio habían de arrancarle? No, era suyo. Lo había ganado en buena lid. ¿Para qué eran necios? También al Magistral se le subía la altura a la cabeza; también él veía a los vetustenses como escarabajos, sus viviendas viejas y negruzcas, aplastadas, las creían los vanidosos ciudadanos palacios y eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo… ¿Qué habían hecho los dueños de aquellos palacios viejos y arruinados de la Encinada que él tenía allí a sus pies? ¿Qué habían hecho? Heredar. ¿Y él? ¿Qué había hecho él? Conquistar.
La única en la que coinciden, de alguna manera, acción y pensamiento, es la propia Ana, y es precisamente la que peor parada sale al final. Recuerdo que, allende los tiempos, me sentí fatal por la pobre Ana Ozores y el final de su historia, pero esta vez me he enfadado con ella y su beatería barata, su insistencia en echar siempre la culpa a los demás, su maldita indefensión y necesidad de protección. No me es un personaje simpático; es más, junto al Magistral, quizás sea el personaje que peor me cae (aunque lo cierto es que no se salva ninguno).
En este libro hay ciento cincuenta personajes, más o menos. La edición que yo tengo (una de esas baratas que comprábamos en el instituto, pero que ha durado veinte años, así que tan mala no es) incluye una guía de personajes al principio, guía que más de una vez me ha venido de perlas porque la mayoría de los personajes tienen nombre, apellido y apodo, y nunca se les llama igual. En toda la novela, entre los ciento cincuenta intérpretes, no hay ni un solo personaje que me caiga bien, lo que tiene un mérito increíble; ¿cómo consigues que alguien termine el libro sin sentir empatía por ninguno de los personajes? La sociedad que se pinta en el la novela es despreciable, un verdadero infierno que ahoga a todos sus habitantes, obligándoles a guardar las apariencias constantemente y a poner a parir a todo hijo de vecino (mejor dicho, hija de vecina) en cuanto se dan la vuelta. La misoginia del libro es tal que a ratos tuve que dejarlo y recordarme a mí misma que era una obra de hace más de cien años y que la sociedad era otra; algunos párrafos tienen tal fuerza que se me eriza la piel solo al recordarlos.
(…) Y si el mundo, si los necios vetustenses, y su madre y el obispo y el Papa preguntaban ¿por qué?, él respondía a gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas, ¿que por qué mato? Porque me han robado a mi mujer, porque me han engañado a mi mujer, porque yo había respetado el cuerpo de esa infame para conservar su alma y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el alma porque no le he tomado también el cuerpo… Los mato a los dos porque olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé que ubi irritatio ibi fluxus, olvidé ser con ella tan grosero como con otras, olvidé que su carne divina era carne humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la pega; la creí cuerpo santo y la podredumbre de su cuerpo me está envenenando el alma… Mato porque me engañó; porque sus ojos se clavaron en los míos y me llamaba hermano mayor del alma al compás de sus labios, que también lo decían sonriendo; mato porque debo, mato porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre… porque soy fiera…
Todo esto dicho por un cura. Impresionante.
Me ha venido bien releer este libro. Las historias escritas no cambian, pero nosotras y nuestra percepción de esas historias, sí. Recuerdo a un profesor de instituto que me dijo que él no mandaba leer “La Regenta” porque le parecía que se había quedado “antigua”. Me da pena que la gente piense así, sobre todo un profesor. Esta es una obra eterna, aunque hable de tiempos que sí, quedan un poco lejanos. Las pasiones que se reflejan, la falsedad de la gente, del clero, de las clases altas, son intemporales. No sé si sigue siendo lectura obligatoria, pero debería. Por el bien de futuras generaciones.
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